Discurso del 24 de Abril de 2026, pronunciado por Pablo Sismanian, presidente de IARA , en el acto público realizado en el monumento a los mártires del Genocidio Armenio situado en la Catedral Armenia San Gregorio el Iluminador.
Hoy nos convoca una fecha que no pertenece solo al pasado. El 24 de abril no es únicamente un día de memoria: es un día de conciencia, un día de responsabilidad y un día de compromiso. A 111 años del inicio del Genocidio Armenio cometido por Turquía, recordamos a un millón y medio de hombres, mujeres y niños que fueron perseguidos, deportados y asesinados por el solo hecho de ser armenios. Recordamos también a quienes sobrevivieron, a quienes cargaron con el dolor del desarraigo, y a quienes, desde las cenizas, tuvieron la fortaleza de reconstruir una identidad, una cultura y una esperanza. Porque si algo define al pueblo armenio, además de su historia milenaria, es su resiliencia. Resiliencia no como una palabra vacía, sino como una práctica concreta: reconstruir familias, levantar escuelas, fundar instituciones, sostener la lengua, la fe y la memoria en cada rincón del mundo. Esa resiliencia tiene un nombre fundamental: la Diáspora armenia. La Diáspora no es solo consecuencia del genocidio; es también una de las respuestas más profundas y dignas frente a él. Es la red viva que mantuvo encendida la identidad armenia cuando se intentó apagarla. Es la que llevó la causa de la memoria, la verdad y la justicia a cada país, a cada parlamento, a cada sociedad.
Y justamente por su fuerza, por su coherencia y por su capacidad de incidencia, la Diáspora ha sido -y sigue siendo- objeto de ataques, presiones y campañas de deslegitimación por parte del Estado turco. No es casual. Se intenta silenciar a quienes sostienen la memoria activa, a quienes incomodan con la verdad. Pero la Diáspora no se calla. Y no se va a callar. Porque la memoria, para ser verdadera, debe ir acompañada de verdad y de justicia. El Genocidio Armenio no solo fue un crimen atroz: es también, hasta el día de hoy, un crimen impune. Y esa impunidad no es inocua. La negación no es un acto pasivo; es una forma de violencia que se prolonga en el tiempo. Decimos con claridad: genocidio negado es genocidio repetido. Y lamentablemente, la historia reciente nos lo ha recordado con crudeza. En 2023, el pueblo armenio de Artsaj fue víctima de una limpieza étnica que obligó a más de 100.000 personas a abandonar sus hogares ancestrales. Una vez más, un pueblo fue despojado de su tierra, de su historia y de su derecho a existir en paz.
No podemos mirar estos hechos como episodios aislados. Son consecuencias directas de un pasado que no ha sido reconocido ni reparado. Por eso, hoy más que nunca, es fundamental mantener viva la memoria, pero también sostener los símbolos que representan esa lucha. Mantener en alto la bandera de Artsaj en nuestra comunidad no es un gesto simbólico vacío. Mantener en alto la bandera de Artsaj en nuestra comunidad es una afirmación de identidad, de dignidad y de resistencia frente a la injusticia. En este camino, queremos destacar el rol de la República Argentina. Nuestro país ha sido un ejemplo en la defensa de los derechos humanos, en la promoción de la memoria, la verdad y la justicia. Fue uno de los primeros países en reconocer oficialmente el Genocidio Armenio, lo ha hecho en sus tres poderes, y ha sostenido históricamente una posición coherente en foros internacionales. Ese compromiso no es menor. En un mundo donde muchas veces priman los intereses coyunturales, la defensa de los derechos humanos requiere convicción, coherencia y coraje. En este contexto, hay un hecho que para la Argentina tiene un valor profundo y especial. Este año se cumplen 20 años de la sanción de la Ley 26.199, que instituye el 24 de abril en nuestro país, como el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos en conmemoración del Genocidio Armenio. Esa ley no es solo un reconocimiento histórico: es un compromiso institucional del Estado argentino con la memoria, la verdad y la justicia. Y debemos decirlo con honestidad: sabemos que existen presiones. Sabemos que hay intentos de relativizar, de suavizar, de incomodar menos. Sabemos que hay funcionarios que, frente a esas presiones, dudan o retroceden. Pero también sabemos -y queremos destacarlo- que hay muchos otros que no. Que hay dirigentes, legisladores, jueces y funcionarios que honran esa ley con convicción, que sostienen una posición firme, y que entienden que los derechos humanos no se negocian. A ellos, nuestro reconocimiento.
Y también queremos ser claros en otro punto: la comunidad armenia es la custodia viva de esa ley. Somos quienes la sostenemos en el tiempo, quienes la defendemos de cualquier intento de vaciamiento, quienes la transmitimos a las nuevas generaciones. Y lo hacemos con responsabilidad, pero también con determinación. No nos va a temblar el pulso frente al negacionismo. No vamos a relativizar la verdad. No vamos a permitir retrocesos en lo que tanto costó construir. En este camino, la Argentina ha sido un faro en materia de derechos humanos. Nuestro país ha demostrado que es posible construir memoria colectiva, que es posible juzgar los crímenes más atroces, que es posible sostener políticas de Estado basadas en la verdad y la justicia. Ese es un ejemplo que valoramos profundamente y que esperamos se siga fortaleciendo. Porque el genocidio sigue impune. Y cuando la impunidad persiste, las consecuencias continúan manifestándose. No hablamos solo del pasado. Hablamos del presente. Hablamos de pueblos desplazados, de patrimonios destruidos, de derechos vulnerados. Pero también hablamos de responsabilidad. Recordar no es suficiente si no estamos dispuestos a actuar. Conmemorar no alcanza si no asumimos un compromiso activo con la verdad yla justicia.
Hoy, a 111 años, el mensaje es claro: la memoria no se negocia. La verdad no se relativiza. La justicia no puede esperar indefinidamente. Y sin embargo, en medio de este escenario, el pueblo armenio sigue de pie. Sigue construyendo, sigue creando, sigue aportando a las sociedades que lo han recibido. Sigue demostrando que, incluso frente a la adversidad más extrema, es posible transformar el dolor en fuerza, y la memoria en acción. Ese es el legado que honramos hoy. Y esa es también la responsabilidad que asumimos. Para finalizar, queremos invitar a todos los presentes a acompañar a los jóvenes de nuestra comunidad, quienes con compromiso y convicción continúan esta lucha.
Hoy, a las 19 horas, se realizará una marcha que partirá desde la Facultad de Derecho y se dirigirá hacia la residencia del embajador de Turquía. Su participación es fundamental. Porque cada paso, cada voz, cada presencia, es una forma de reafirmar que la memoria sigue viva.
Que no olvidamos.
Que no callamos.
Que seguimos de pie